!Más madera! en el Museo Barloja

 

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El Museo Barjola expone desde el 19 de Noviembre hasta el 30 de Enero la instalación  !Más Madera!  de Laramascoto.

 

LOS MITOS TRAHIGHICÓMICOS

 ÓSCAR ALONSO MOLINA
 Pueden hallarse auténticos elementos míticos incrustados en las fábulas menos prometedoras, y la versión más completa o más esclarecedora de un mito determinado rara vez la proporciona un solo autor; cuando se busca su forma original tampoco se puede dar por supuesto que cuanto más antigua sea la fuente escrita tanto más autorizada ha de ser.
Robert Graves

 

La lectura del hombre en clave mítica sobre la que incide la poética de Laramascoto parte del entendimiento antropológico y etnográfico de los usos y costumbres de nuestro presente. La tecnología les proporciona el motivo perfecto para mostrarnos cómo el ser humano alcanza hoy porciones de lo que antaño quedaba reservado al imperio de la magia o la imaginación. Intervenir en la distancia, oír voces llegadas del más allá, aparecer en efigie reservando la dimensión material del cuerpo… Los aparatos adquieren bajo esta perspectiva el carácter del talismán mientras el ciudadano contemporáneo se ha acostumbrado en su día a día a operaciones cotidianas que revisten un carácter alquímico. Como luminosamente advirtió Jünger, la nueva mentalidad que ya apuntaba en los inicios del siglo XX, logró una cohesión a la vez racional y simbólica.

De este modo, lo que proponen al cabo esta pareja de artistas no es sino una suerte de reactualización, en clave tecnológica, del primitivo programa iconográfico medieval, tan vasto y articulado, donde se encajaba al hombre en el marco de su propia producción material y espiritual. En otras épocas este tipo de índices asignaban a cada porción del mundo un aspecto figurado que permitía anclarlo y relacionarlo con otras familias y núcleos de imágenes, o lo que es lo mismo, con las ideas que en ellas se aglutinaban. El arte se constituía, pues, como una deriva constante y zigzagueante que extendía el número creciente de las alianzas, las combinaciones, la articulación de los enunciados, recurriendo incansablemente a una serie de fórmulas magistrales donde se expresaban de manera inmediata las convicciones asumidas por la comunidad: Cristo en la mandorla -la almendra mística- aludiendo al mundo celeste o a la sección entre dos círculos, dos mundos que se cruzan (así tantas veces sobre el umbral de los templos); María como un nueva Eva o trono del Niño Jesús; la paloma encarnando el alma, la pureza, la sencillez… Los ejemplos son inagotables, pero como observaréis, en el fondo de todo este asunto se trata no sólo de decir lo invisible, que es un empeño propio del impulso estético de todos los tiempos, sino más allá, incluso lo inefable.

Para ambos impulsos el símbolo es la figura retórica perfecta, pues aúna la síntesis intelectual con la percepción inmediata, directa, de hacia dónde apunta el sentido que en allí anida. Y es que el plano simbólico posee esa fértil cualidad, ese “hábito” de establecer relaciones profundas entre el mundo material y el espiritual, por medio de la analogía inicial. A esta relación de lo superficial con lo profundo se le ha concedido una importancia notable en la cultura imaginal humana, por cuanto parece revelar el secreto que esconden las cosas bajo su apariencia más asequible que, no obstante, intuimos limitada e incluso tergiversadora: se simula lo que se no se es; se disimula lo que se es…

Las leyes físicas lo mismo que las biológicas; las condiciones del ser del hombre, los animales, las plantas o las cosas; el tamaño, la forma, el color, etcétera, se enlazan por este medio con cierta aplicación teórica en clave educativa, nemotécnica, ética, doctrinal… La caída de los cuerpos, por ejemplo, deja de ser la inercia de la masa frente a la gravedad experimentada por todos nosotros a diario, para revelarse como una “fuerza” moral de largo alcance en la formación no sólo del creyente, sino del ciudadano e incluso del sujeto; u otro ejemplo: el zorro, cuyo comportamiento natural, sigiloso y cauto deviene en la interpretación cultural como taimado, embustero, traidor, delincuente…

Frente a la complejidad de este cruce entre lo que se ve y lo no se ve que se delata en todas las imágenes, se trataría entonces de dilucidar a qué capas de significado atiende la particular simbología de Laramascoto, para quizá con ello alcanzar el sentido último de las suyas. Os advierto desde ya que, por definición estética, éste no puede ser único ni estable: no estamos frente a un diccionario gráfico que sustituya, traduzca, encripte las palabras por figuras dibujadas ni claves cerradas de lecura. Así que para ello lo más plausible será siempre encauzar la empresa desde una combinación de vectores de interpretación: del paisaje psíquico del inconsciente (Freud) al intrapsíquico de los arquetipos (Jung), los juegos de opuestos, la complementariedad de los enunciados; el anclaje de “la cita” en la tradición (o las más distantes tradiciones), o por el contrario su contacto con la actualidad, la noticia, los usos que se imponen; quizá en ocasiones las raíces etimológicas, a menudo la paradoja y el juego, la sombra…

El carácter híbrido de sus imágenes se reparte de manera nada inocente entre lo más esencial –el dibujo- y los últimos aportes de la tecnología –dispositivos móviles, proyecciones, animación-, recordándonos de este modo la filiación genética de propuestas de última hornada como el “dibujo expandido”, de la que ellos  son unos de los más activos y atractivos representantes en nuestro país. Junto a ello, el carácter de su gráfica, radicalmente resuelta en un básico blanco-negro, desde modelos figurativos esquemáticos y un antropomorfismo de aspecto muy rudimentario, alcanza niveles de sofisticación inesperados en su habitual evolución por los muros del espacio expositivo, el enlace con las pistas de audio y la consecución del movimiento. No me parece casual en este sentido el sesgo que le han impreso a esta intervención suya en la capilla barroca del Museo Barjola, siguiendo las características habituales de sus trabajos más ambiciosos, en los cuales la ocupación de los paramentos entre las pilastras a través de dibujo, siempre muy escueto, cobra vida con sus también contenidas y sofisticadas proyecciones.

Al contar con la combinación espacio-temporal de las imágenes, Laramascoto sobrepasa las ancestrales limitaciones técnicas de los ciclos murales y los programas iconográficos del medievo o el Barroco, por ejemplo, en cuya organización interna se tenía en cuenta el orden de la secuencia, la dirección de la lectura, pudiéndose ahora decantar los artistas por juegos más libres en la narración de los hechos. Y eso que en su caso los acontecimientos adquieren casi siempre un aire muy sucinto: pequeñas metamorfosis, breves bucles de acciones muy concretas, o la eternización del instante infinito.

Es una respuesta desde la concisión al descomunal despliegue narrativo innato que arrastran los nuevos medios digitales de generación de la imagen, responsables de la saturación de microhistorias propia de nuestro presente visual: desde los videoclips hasta los anuncios televisivos, desde un banner hasta un gif, la experiencia escópica contemporánea parece decantarse hacia una condensación casi instantánea del modelo clásico de la dramaturgia, superponiendo violentamente en el mismo momento la presentación, el nudo y el desenlace de la acción.

Efecto conceptista donde todo queda enlazado y al tiempo fundido en único punto, donde no decir nada está a punto de decirlo todo. También en ese momento el principio y el final se vuelven ya indistinguibles, y como bien sabemos ya, del encuentro, del enfrentamiento entre opuestos nacen con frecuencia los efectos de comicidad. Lo ostentosamente banal en manos de la más alta expresión del conocimiento positivo; o por el contrario, la densidad simbólica, los retruécanos del espíritu humano soportados por la concreción física de un pensamiento high tech, cuya teleología está orientada a la producción de rentabilidad, claridad, maximización, eficacia, optimización, rapidez…

Bien pensado, es todo sutilmente irónico, desde luego, pero creo que incluso cómico; estoy seguro que Bea y Santi son conscientes de ello, y lo emplean con perversa, discretísima inteligencia en la consecución de un modelo actualizado con el cual manejar nuestros nuevos y tragicómicos mitos.

[Madrid, noviembre de 2015]

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